La metamorfosis veraniega de Gregorio Samsa (parte 2)
Era casi de noche, y la dueña de la hamaca comenzaba a sentir la frescura del atardecer en lo que mas tarde comprendí eran insinuaciones a mi presencia. Pensé en comenzar cual rocío mañanero que refresca las horas al sol, en un gesto que nadie desprecia.
Ella, sentada sobre el borde de su larga silla, observó al cielo y decidió recoger aquella fina lluvia tumbada en su lecho.
Extendió sus brazos y se agarró las muñecas por encima de su cabeza, dejando ante mi una figura alargada en posición de gozosa dominación que sublimaba toda la forma de aquel cuerpo más carnoso que huesudo.
Aquello me condensó sobre manera, convirtiéndose el agua vaporizada en gotas cada vez más grandes. Lagrimas cuya densidad no evitaba buscar, al choque con el cuerpo, generar una pulsión, poseer la mayo porción de piel posible, resbalar dando placer por entre los distintos trozos de epidermis.
Algo que debió contagiar y activar aún más a la deseada, que comenzó a extender el agua por su cuerpo como si fuera miel esperando un avispero. Deslizando sus húmedas manos arriba y abajo por sus muslos, llenando de sensualidad los dulces masajes que sobre el bikini ofrecía a sus pechos, buscando aparentemente secar la saturación de su bañador inferior estirando hacia abajo las gomas laterales sin dejar mostrar el más preciado de sus secretos.
La tormenta de verano se instaló sobre la parcela, desplegando toda su intensidad durante los siguientes minutos. La carga eléctrica fue aumentando fue perdiendo suavidad para ganar vigorosidad.
Yo me iba concentrando y cayendo con más fuerza y peso según veía aumentar su gozo y su humedad, y ella desplegaba sus más placenteras contorsiones sintiendo el incremento acuoso sobre su persona. A la llegada de los truenos le correspondieron otras tempestades más internas, tras las cuales la dama abandonó el lugar entre tembleques.
Cuando aquellas tersas piernas se apoyaban sobre la escalera de acceso a su vivienda, asistí al mayor de los asombros posibles: A la mesa de mi terraza y el ordenador apoyado sobre ella le faltaba el humano que solía darles uso, lo cual acrecentó la idea de que aquel momento tuvo más de real que de imaginado.

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