La metamorfosis veraniega de Gregorio Samsa (parte 1)
Sentado en la terraza, mis trabajos de traducción seguían un horario fijo de 10 a 2. Había decidido, en busca del refresco, cambiar la ubicación de mi tocho en alemán (“Feuchtgebiete”) y mi portátil, teniendo ahora como vistas una piscina familiar y una cala casi privada.
Con una suave brisa de fondo, los párrafos del dirty best seller caían con rapidez en manos de Word que todo lo hacía legible para el público español mientras los niños jugaban con la pelota y saltaban desde el trampolín a la colchoneta en un eterno loop sin fin.
Ante tamaño bodegón móvil y la contancia de mi postura ante teclado, mi vista comenzó a fijarse en una bella señora que descubrí un día de nubes.
Con unas gafas de sol que podían utilizarse para esconder el camino recorrido a unos secuestrados, la dama, toda una hembra de formas bien maduradas, hablaba con otras compañeras de su misma nacionalidad (inglesa) sobre los restaurantes de la zona y las peripecias del niño “que no me come ná con estas calores” (traducción al vuelo).
Imbuído en la larga enumeración de detalles obre fluidos corporales de la protagonista de la novela, aquella lujuriosa niña de 18 añitos, la mente comenzó a tomar divergentes rotondas, todas alejadas de la seriedad que deben tener las traducciones del alemán.
Pronto comenzó a ser la visualización ensoñadora de los textos que iba traduciendo. Comencé a imaginarla sin la parte de arriba de su bañador, todo un compendio de física y gravedad. En mis divagaciones pronto olvidó la sección inferior en la baldosa, mientras sonriendo miraba de reojo a mi pequeña terraza, donde unos ojos conseguían sobresalir lo justo por encima de la pantalla del ordenador.
Las visiones estándar pronto se tornaron en ligeros saltos de mayor contenido erótico: las manos llenas de crema jugando a tapar todos y cada uno de los poros de su espalda y tronco inferior, parándose de manera detallada en la zona del cuello y hombros mientras la relajada emitía pequeños suspiros de aprobación y torneaba ligeramente su cuerpo enseñando la sombra de su pectoral cada vez menos apoyado.
Comencé a asustarme el día en el que, transcribiendo una historia de una fiesta de almohadas donde el reposacabezas era la única prenda de la habitación, vi que mis dedos no pulsaban las teclas, sino que se aplicaban en una forma de arte oriental sobre los gluteos de la inglesa. La Ñ era el muslo, la J caía hasta el lateral interno y mi página se llenaba de excitantes Gs, en una serte de prólogo de la novela que escribía el protagonista de El Resplandor.
Lejos de frenar las visiones cuya irrealidad no era del todo demostrable, apoye la cabeza en el respaldo y ví todo mi cuerpo aplastado, adoptando la forma de una sábana que cubría la siesta obligatoria de mi protagonista piscinera y comenzaba a contonearse al excitante contacto del sudor de aquellas calurosas tardes. Sus sueños, nunca mejor dicho, húmedos le hacían revolverse sobre mí, jugando sus manos con el tacto de aquel terso raso imaginario.
Azuzado por el calor reinante en las horas de apogeo, pronto sentí las piernas evaporarse, la cintura perder su forma sólida y el tronco adquirir forma gaseosa. Me elevé sobre la zona en forma de nube en día cubierto. Posicionado sobra la tumbona de mi ensoñada, ella se relamía refrescando sus labios aoteando atenta el horizonte vertical.
[continuará...]

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