Dibujos pasados
En una tarde brumosa de playa, la niña cogió un palito y se puso a dibujar sobre la arena de la playa en un inmenso telesketch.
Barquitos y peces, y la isla que veía enfrente. Luego torres y parques, como donde vivía.
Dibujó un coche grande con varias cabezas dentro. Un señor que pasaba cerca la miró extrañada pensando que aquello era un coche funerario familiar, a lo que la niña respondió “¿Usted no viaja en autobús?”.
Su madre charlaba animosamente con otra madre allí presente que esta vez viajaba sin hijito a la arena. Pronto el lápiz de madera se paró. Unas gaviotas habían comenzado a posarse sobre la torre más alta de las dibujadas, convirtiendo el lienzo en una especie de king kong de ratas del aire.
Puso su nombre en pequeñito, ensayando para la gran obra. Le gustó. Comenzó a dibujarlo más grande. Despacito. Letra a letra y sin correr. 2 vocales y dos consonantes. La orilla estaba lejos, y allí iba a seguir durante muchas horas.
Acabada su obra magna, y mientras se veía bajo los flashes como en ese programa de la tele de tarde al que su madre condenaba su merienda día sí y día también, miraba al horizonte poniendo poses de niñas mayor.
No habían pasado ni diez minutos cuando se escuchó un ensordecedor ruido de fondo y un fogonazo inmenso. La madre giró rápidamente su cabeza hacia donde estaba la niña. No quedaba ni el polvo de la sombra. Había desaparecido.
Mientras se alejaba a miles de kilómetros por hora la niña montada en un supersónico pudo escuchar el grito de su madre llamándola. Unos señores con muchas estrellas en el pecho (“¿será así el cielo?”, pensó la criatura) le hacían preguntas con las cejas acercándose peligrosamente entre ellas. Ella les indicaba que no tenía ningún problema de oído, así que no entendía el por qué de aquellos gritos.
Hablaban de que se iba a pasar mucho tiempo sin ver a su familia ni poder jugar en el parque. “Más que cuando duermo?”, les preguntó ella. Pero ellos no reían.
Mientras seguían sobrevolando el gran país, ella puedo escuchar cómo uno de sus compañeros de viaje le decía al otro: “la condena será dura, pobre niña. Aunque no sepa ni entienda a estas edades, la ley que impide mostrar en público y defender los valores olvidados caerá sobre ella con todo su peso”.
Ella no lo entendió entonces. Tan sólo quería volver a la playa y acabar su moldeado más grande. Parecía terminada a ojos insensibles, pero le faltaba el punto final a su nombre: “Amor.”
Fdo: Kontari

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